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Viejo 31-dic-2006, 04:32
César Espino Barros César Espino Barros esta desconectado
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DIRECTISMO y feliz año!!!
Una cita sobre la participación
9 de Octubre de 2006 · (

Jorge Marsá
El término “participación” se ha convertido en talismán hace ya tiempo en el ámbito político. Lo utilizan hoy tanto los políticos como sus críticos. En Lanzarote, se redactan reglamentos de participación ciudadana y se apela a ella como el mejor remedio para nuestros males. Cuanto más directa la democracia, mejor. Y como acabo de leer, aunque con retraso, el Homo videns. La sociedad teledirigida de Giovanni Sartori, me parece interesante extractar uno de sus capítulos dedicado a esta cuestión. A partir de aquí, todo responsabilidad de Sartori:


El pueblo soberano es titular del poder. ¿De qué modo y en qué grado puede ejercitarlo? Para responder debemos volver a la opinión pública y a la cuestión de lo que sabe o no sabe. De todos modos sabemos –lo palpamos todos los días– que la mayor parte del público no sabe casi nada de los problemas públicos. Cada vez que llega el caso, descubrimos que la base de la información de la población es de una pobreza alarmante, de una pobreza que nunca termina de sorprendernos.

Se podría pensar que siempre ha sido más o menos así y que, a pesar de ello, nuestras democracias han funcionado. Es cierto. Pero el edificio que ha resistido la prueba es el edificio de la democracia representativa. En ésta, la ciudadanía ejercita su poder eligiendo a quien ha de gobernarla. En tal caso, el pueblo no decide propiamente las cuestiones, cuál será la solución al asunto que hay que resolver, sino que se limita a elegir quién las decidirá. El problema es que la democracia representativa ya no nos satisface, y por ello reclamamos “más democracia”, lo que quiere decir, en concreto, dosis creciente de directismo, de democracia directa.

Pero para serlo realmente, a cada incremento del poder del pueblo debería corresponderle un incremento del saber del pueblo. De otro modo, la democracia se convierte en un sistema de gobierno en el que son los más incompetentes los que deciden. Es decir, un sistema de gobierno suicida.

A diferencia de los progresistas del momento, los progresistas del pasado nunca han fingido que no entendían que todo progreso de la democracia –de auténtico poder del pueblo– dependía de un pueblo “participativo” interesado e informado sobre política. Por eso, desde hace un siglo, nos estamos preguntando cuál es la causa del alto grado de desinterés y de ignorancia del ciudadano medio. Es una pregunta crucial, porque si no hay diagnóstico no hay terapia.

Cuando se libraba la batalla de la ampliación del sufragio, a la objeción de que la mayoría no sabía votar y, por tanto, no era capaz de utilizar este instrumento, se respondía que para aprender a votar era necesario votar. Y a la objeción de que este conocimiento, este aprendizaje, no progresaba, se replicaba que los factores de este bloqueo eran la pobreza y el analfabetismo; de lo cual no se podía dudar. Por otra parte, nos encontramos ante el hecho de que la reducción de la pobreza y el fuerte incremento de la alfabetización no han mejorado gran cosa la situación.

Cuando hablamos de personas “políticamente educadas” debemos distinguir entre quien está informado de política y quien es cognitivamente competente para resolver los problemas de la política. A esta distinción le corresponden grandes variaciones entre las dos poblaciones en cuestión. Es comprensible que los porcentajes dependan de cuánta información y qué cognición se consideren respectivamente suficientes y adecuadas. Pero, en Occidente, las personas políticamente informadas e interesadas giran entre el 10 y el 25 por ciento del universo, mientras que los competentes alcanzan niveles del 2 ó 3 por ciento.

Obviamente, lo esencial no es conocer exactamente cuántos son los ciudadanos informados que siguen los acontecimientos políticos, con respecto a los competentes que conocen el modo de resolverlos (o que saben que no lo saben); lo importante es que cada maximización de democracia, cada crecimiento de directismo requiere que el número de personas informadas se incremente y que, al mismo tiempo, aumente su competencia, conocimiento y entendimiento. Si tomamos esta dirección, entonces el resultado es un demos potenciado, capaz de actuar más y mejor que antes. Pero si, por el contrario, esta dirección se invierte, entonces nos acercamos a un demos debilitado. Que es exactamente lo que está ocurriendo.

Entretanto, es toda la educación la que está decayendo y la que se ha deteriorado por el 68 y por la torpe pedagogía en auge. En segundo lugar y, específicamente, la televisión empobrece drásticamente la información y la formación del ciudadano. Por último, y sobre todo, el mundo en imágenes que nos ofrece el vídeo-ver desactiva nuestra capacidad de abstracción y, con ella, nuestra capacidad de comprender los problemas y afrontarlos racionalmente. En estas condiciones, el que apela y promueve un demos que se autogobierne es un estafador sin escrúpulos, o un simple irresponsable, un increíble inconsciente.

Y, sin embargo, es así. Estamos acosados por pregoneros que nos aconsejan a bombo y platillo nuevos mecanismos de consenso y de intervención directa de los ciudadanos en las decisiones de gobierno, pero que callan como momias ante las premisas del discurso, es decir, sobre lo que los ciudadanos saben o no saben de las cuestiones sobre las cuales deberían decidir. No tienen la más mínima sospecha de que éste sea el verdadero problema. Los “directistas” distribuyen permisos de conducir sin preguntarse si las personas saben conducir.

Fernando Marcet
feliz año nuevo!!!


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