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DIRECTISMO y feliz año!!!
Una cita sobre la participación
9 de Octubre de 2006 · (
Jorge Marsá
El término “participación” se ha convertido en talismán hace ya tiempo en el ámbito político. Lo utilizan hoy tanto los políticos como sus críticos. En Lanzarote, se redactan reglamentos de participación ciudadana y se apela a ella como el mejor remedio para nuestros males. Cuanto más directa la democracia, mejor. Y como acabo de leer, aunque con retraso, el Homo videns. La sociedad teledirigida de Giovanni Sartori, me parece interesante extractar uno de sus capítulos dedicado a esta cuestión. A partir de aquí, todo responsabilidad de Sartori:
El pueblo soberano es titular del poder. ¿De qué modo y en qué grado puede ejercitarlo? Para responder debemos volver a la opinión pública y a la cuestión de lo que sabe o no sabe. De todos modos sabemos –lo palpamos todos los días– que la mayor parte del público no sabe casi nada de los problemas públicos. Cada vez que llega el caso, descubrimos que la base de la información de la población es de una pobreza alarmante, de una pobreza que nunca termina de sorprendernos.
Se podría pensar que siempre ha sido más o menos así y que, a pesar de ello, nuestras democracias han funcionado. Es cierto. Pero el edificio que ha resistido la prueba es el edificio de la democracia representativa. En ésta, la ciudadanía ejercita su poder eligiendo a quien ha de gobernarla. En tal caso, el pueblo no decide propiamente las cuestiones, cuál será la solución al asunto que hay que resolver, sino que se limita a elegir quién las decidirá. El problema es que la democracia representativa ya no nos satisface, y por ello reclamamos “más democracia”, lo que quiere decir, en concreto, dosis creciente de directismo, de democracia directa.
Pero para serlo realmente, a cada incremento del poder del pueblo debería corresponderle un incremento del saber del pueblo. De otro modo, la democracia se convierte en un sistema de gobierno en el que son los más incompetentes los que deciden. Es decir, un sistema de gobierno suicida.
A diferencia de los progresistas del momento, los progresistas del pasado nunca han fingido que no entendían que todo progreso de la democracia –de auténtico poder del pueblo– dependía de un pueblo “participativo” interesado e informado sobre política. Por eso, desde hace un siglo, nos estamos preguntando cuál es la causa del alto grado de desinterés y de ignorancia del ciudadano medio. Es una pregunta crucial, porque si no hay diagnóstico no hay terapia.
Cuando se libraba la batalla de la ampliación del sufragio, a la objeción de que la mayoría no sabía votar y, por tanto, no era capaz de utilizar este instrumento, se respondía que para aprender a votar era necesario votar. Y a la objeción de que este conocimiento, este aprendizaje, no progresaba, se replicaba que los factores de este bloqueo eran la pobreza y el analfabetismo; de lo cual no se podía dudar. Por otra parte, nos encontramos ante el hecho de que la reducción de la pobreza y el fuerte incremento de la alfabetización no han mejorado gran cosa la situación.
Cuando hablamos de personas “políticamente educadas” debemos distinguir entre quien está informado de política y quien es cognitivamente competente para resolver los problemas de la política. A esta distinción le corresponden grandes variaciones entre las dos poblaciones en cuestión. Es comprensible que los porcentajes dependan de cuánta información y qué cognición se consideren respectivamente suficientes y adecuadas. Pero, en Occidente, las personas políticamente informadas e interesadas giran entre el 10 y el 25 por ciento del universo, mientras que los competentes alcanzan niveles del 2 ó 3 por ciento.
Obviamente, lo esencial no es conocer exactamente cuántos son los ciudadanos informados que siguen los acontecimientos políticos, con respecto a los competentes que conocen el modo de resolverlos (o que saben que no lo saben); lo importante es que cada maximización de democracia, cada crecimiento de directismo requiere que el número de personas informadas se incremente y que, al mismo tiempo, aumente su competencia, conocimiento y entendimiento. Si tomamos esta dirección, entonces el resultado es un demos potenciado, capaz de actuar más y mejor que antes. Pero si, por el contrario, esta dirección se invierte, entonces nos acercamos a un demos debilitado. Que es exactamente lo que está ocurriendo.
Entretanto, es toda la educación la que está decayendo y la que se ha deteriorado por el 68 y por la torpe pedagogía en auge. En segundo lugar y, específicamente, la televisión empobrece drásticamente la información y la formación del ciudadano. Por último, y sobre todo, el mundo en imágenes que nos ofrece el vídeo-ver desactiva nuestra capacidad de abstracción y, con ella, nuestra capacidad de comprender los problemas y afrontarlos racionalmente. En estas condiciones, el que apela y promueve un demos que se autogobierne es un estafador sin escrúpulos, o un simple irresponsable, un increíble inconsciente.
Y, sin embargo, es así. Estamos acosados por pregoneros que nos aconsejan a bombo y platillo nuevos mecanismos de consenso y de intervención directa de los ciudadanos en las decisiones de gobierno, pero que callan como momias ante las premisas del discurso, es decir, sobre lo que los ciudadanos saben o no saben de las cuestiones sobre las cuales deberían decidir. No tienen la más mínima sospecha de que éste sea el verdadero problema. Los “directistas” distribuyen permisos de conducir sin preguntarse si las personas saben conducir.
Fernando Marcet
feliz año nuevo!!!

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31-dic-2006, 03:33
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Qué es la democracia electrónica?
La teledemocracia (también llamada democracia electrónica, ciberdemocracia, tecnopolítica, política vía satélite o "insta-polling") consiste en la posibilidad de los ciudadanos de sufragar permanentemente las grandes decisiones políticas. La idea acerca de esta modalidad participativa comenzó a ser motivo de discusión en los años 60, "cuando los investigadores empezaron a descubrir el potencial cívico de la nueva tecnología electrónica" (Gil Galindo). Sin embargo, cobra mayor relevancia y se convierte en una "fiebre" cuando las tecnologías comienzan a proliferar incorporándose en el ámbito cotidiano de las personas y, especialmente, cuando los cambios culturales empiezan a promover un individualismo no atado a lo colectivo, vuelto además al ámbito de lo privado y propenso a desarrollar desde el hogar actividades que antes realizaba fuera de él (alquiler de películas, compra de productos, contratación de servicios, etc.)
La característica de la tecnología que alienta a la ciberdemocracia es la interactividad, pues otras tecnologías de la comunicación, como la televisión -ámbito privilegiado de la comunicación política-, son vistas como un elemento distanciador más en la relación entre gobernantes y gobernados. Esta particularidad, además, diferenciaría un consumo pasivo -el de la TV, fundamentalmente- de uno activo -Internet-. Asimismo, algunos de sus defensores llaman la atención sobre una suerte de "transparencia" y horizontalidad de la red que no es tal en otros medios.
Para no incurrir en una generalización sin matices señalaremos que esta perspectiva adquiere distinto significado si se considera a las tecnologías como un complemento para la deliberación en el marco de la democracia representativa o si se suponen como reemplazo de la instancia de representación para dar lugar a una democracia directa. En el primer caso, la orientación es hacia una participación a nivel local sobre cuestiones caras a los habitantes de una comunidad. Se asegura de esta manera la posibilidad de acceso a la tecnología (mediante la organización de centros en escuelas o entidades barriales) y el conocimiento (o la posibilidad de conocimiento a futuro) de los actores intervinientes así como de los representantes políticos, de manera de augurar mayor fiabilidad a la información circulante. Si bien la modalidad se comienza a hacer presente en la red desde los años 80, el uso de Internet a estos efectos no es el que presenta un mayor porcentaje. Aún así, no son desdeñables estas experiencias, en las cuales la metodología principal parece ser la intervención a través de opiniones sobre distintos tópicos y la agrupación con otros ciudadanos en virtud de sus propios intereses o la opinión sobre proyectos que se encuentran en el congreso, las legislaturas o los concejos municipales.
En el segundo caso la participación mediante Internet utiliza como un "a priori" la intención y la capacidad de los individuos de involucrarse en las cuestiones públicas desde su ámbito privado. Así, por ejemplo, Newt Gingrich (representante de la nueva derecha americana) afirma que mediante la apertura de un servidor llamado THOMAS (The House Open Multimedia Access System), que llevará a Internet toda la actividad del Congreso, "será más difícil hacer pasar proyectos de ley que beneficien solamente los intereses particulares" y que la difusión de "informaciones en tiempo real dará a toda la gente, y no sólo a los lobbystas bien pagos, el acceso a las mismas fuentes".(N. Gingrich citado en Almeida Santos, 2000). Asistimos aquí a la opción por un modelo de funcionamiento democrático suplantador en parte o en su totalidad, en la versión más extrema, del instituto de la representación y, aunque este reemplazo nos remita en principio a una cuestión "procedimental", involucra aspectos más profundos. La democracia electrónica sería, en esta segunda versión, una solución posible a los problemas de la escasa participación, el acceso a la información, la toma de decisiones políticas guiadas por intereses mezquinos de los representantes, la compatibilización entre una cultura individualista que repliega a los individuos en sus hogares y la posibilidad de estar involucrado en las cuestiones públicas sin necesidad de abandonar la comodidad del hogar, la superación del "ciudadano niño" que requiere que otros tomen decisiones por él, entre otros aspectos. Un ejemplo de este punto de vista se encuentra en el partido español Democracia Directa Activa.
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31-dic-2006, 03:35
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Tiene futuro la democracia?
En una conferencia dictada en Turín, Giovanni Sartori señaló que la democracia directa: el poder al pueblo, es contraproducente mientras no aumente "el saber del pueblo". Hoy, dijo, los gobiernos se erigen sobre encuestas que nos hacen creer, erróneamente, que existe una "opinión pública". Aquí, un extracto de su charla y una entrevista al pensador italiano.
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GIOVANNI SARTORI
Esta disertación deriva, tanto en su título como en su inspiración, de la colección de escritos de Bobbio: El futuro de la democracia, de 1984, y en la segunda edición, de 1991. Mi título es por lo tanto una paráfrasis que convierte el título de Bobbio en una interrogación. Las fechas son importantes. En 1984, el muro de Berlín todavía seguía en pie, mientras que en 1991 la caída del comunismo resultaba inevitable y dentro del orden de las cosas. Es así como en la Introducción de 1991, Bobbio podía ostentar un optimismo inusual. Refiriéndose al libro de Jacques Revel Cómo terminan las democracias (de 1983) Bobbio comentó: "Esta vez, los profetas del infortunio se habían equivocado, incluso quien (justamente Revel) había descrito minuciosamente la implacable maquinaria para la eliminación de la democracia que es el mundo moderno". También yo, en 1990, escribí que "la democracia ya no tiene enemigo; ya no es enfrentada (en el mundo moderno) por legitimidades alternativas. Pero ganar la guerra no es ganar la paz. También el juego democrático puede ser mal jugado. ¿Sabrá la democracia resistir a la democracia?" Como se ve, yo era muy cauto. Pero a su modo también lo era Bobbio. Escribió: "Que quede claro: yo no hago ninguna apuesta sobre el futuro."
Ahora ¿tiene un futuro la democracia? Yo respondo: depende de nuestro cerebro. Como escribió Charles Lindblom, "La condición humana es cerebro pequeño, problemas grandes". Y es evidente, me parece, que nuestro cerebro es cada vez más pequeño, cada vez más limitado, mientras que los problemas se han vuelto cada vez más gigantescos. La fuerza de las ideas alcanzó su apogeo, su punto culminante, con la Ilustración, precisamente con el Siglo de las Luces. Yo todavía creo en él (al igual que Bobbio), y por ende es acertado que digan de mí que soy un residuo de la Ilustración. Pero quedamos pocos. Porque las ideas hace tiempo que están bajo sospecha. En parte, fueron sustituidas por las ideologías (ideas fosilizadas, repetidas mecánicamente sin ser pensadas por nadie), y en última instancia porque fueron debilitadas y devastadas por un crescendo ensordecedor de inculturas. Quiero precisar que por ideas no debemos entender cualquier cosa que nos pasa por la mente. Las ideuchas nunca escasean. Al contrario, todos ideuchamos cada vez más. Pero siguen faltando las ideas que son un producto terminado de la razón, el fruto del pensar razonando. En suma, faltan siempre las ideas auténticas, serias; ideas que enriquecen el saber. Lo cual explica por qué la teoría de la democracia no anda demasiado bien, como veremos.
Pero por el momento detengámonos en la práctica de la democracia, y a través de ella en la democracia que se ejerce votando y que así realiza, y se realiza, como un "gobierno de opinión" (es la famosa definición de Albert Dicey). Es exacto decir opinión, ése es el vocablo justo. Opinión es doxa, no es episteme, no es saber. Las opiniones son, por así decirlo, "ideas ligeras" que no deben ser probadas: las tomamos por buenas por como son. Cuentan que un juez del tribunal revolucionario de París, al negarle a Antoine Lavoisier (el fundador de la química moderna) un pedido para prorrogar la ejecución capital, le respondió: La république n'a pas besoin de savants (la república no precisa sabios). Ese juez se equivocaba. La república necesita sabios; pero la democracia electoral, el demos (en griego, pueblo) votante, no. Y por lo tanto el gobierno de opinión requiere solamente —como su fundamento— la existencia de una opinión pública, de un público que tenga opiniones. La noción está bien definida.
Ya dije que una opinión no requiere prueba. Agrego que las opiniones son convicciones débiles y variables. Si se convierten en convicciones profundas y profundamente arraigadas, entonces hay que llamarlas creencias (y el problema cambia). Y esta precisión ya basta para desbaratar la objeción de que la democracia es imposible porque el pueblo "no sabe". Esta es una objeción fuerte contra la democracia directa, contra un demos llamado a gobernar y a gobernarse por sí mismo. Pero no es una objeción contra una democracia representativa en la cual el demos no decide las cuestiones propiamente dichas sino que decide, con el voto, quién las decidirá. Lo cual significa que a la democracia representativa le basta, para funcionar, con que el público tenga opiniones suyas, opiniones propias; nada más, pero tampoco nada menos.
...
Giovanni Sartori y Clarín
Traducción de Cristina Sardoy.
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31-dic-2006, 03:36
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31-dic-2006, 03:37
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Fernando Marcet
9:49 am · 9 Octubre 2006
Como férreo defensor de la democracia directa, pero de una democracia directa realista y práctica, me veo impelido a hacer uso del derecho a réplica que me asiste.
Primero decir que del libro de Sartori, que he leído, me gusta especialmente la percepción del Homo-videns, una clase de homo que vendría a sustituir al sapiens de toda la vida, y cuya principal característica vendría a ser, como apunta Jorge, su nula capacidad de abstracción debido al predominio de la imagen en todos los ámbitos de nuestra vida.
Somos lenguaje. Otros dirían que al principio fue el verbo, aunque lo dirían sin demasiada consciencia, pues eso es lo que suele pasar cuando se convierte un texto cualquiera en oración o mantra, que pierde su significado y se convierte él mismo en significante.
En “El mundo feliz”, de Huxley, el partido tipo gran hermano que ostentaba el poder absoluto tenía una secreta ambición. Ir quitando palabras al diccionario hasta que este no tuviera más que unas cuantas entradas básicas e imprescindibles. Eran plenamente conscientes de que si conseguían eliminar el lenguaje de las personas estas dejarían de poder reflexionar sobre las cuestiones, dejarían de preocuparse y se mostrarían mucho más sumisos. Es el lenguaje lo que nos permite reflexionar y pensar. Sin lenguaje simplemente viviríamos el momento, moviéndonos instintivamente únicamente guiados por nuestros cinco sentidos. Tal vez seríamos más felices, desde determinado punto de vista, pero ya no seríamos lo que somos, y desde luego no seríamos homo-sapiens.
Esto es exactamente lo que está sucediendo. Aunque no haya ningún partido tipo gran hermano que nos esté obligando a ello, lo cierto es que la pérdida de vocabulario entre las jóvenes generaciones no se puede negar. Más o menos en la época de Cervantes, cuando no existía la televisión y la transmisión oral era la principal forma de comunicación, la lengua castellana alcanzó su plenitud. En ningún otro momento, ni anterior ni posterior, existieron tantas palabras, tantos vocablos para conceptualizar hasta los matices más insospechados.
Esa inmensa riqueza se ha ido perdiendo, a pesar de los vanos esfuerzos académicos. Sobretodo en los últimos tiempos. Las palabras se han ido quedando por el camino, y cada vez recurrimos más a las mismas coletillas para comunicarnos en multitud de situaciones. Quien sabe, es posible que llegue el día en que todos hablemos los unos con los otros usando un simple “qué fuerte”, cual ladrido o sonido gutural propiamente humano.
Ahora bien. Dice Sartori, y parece defender también Jorge, que en una situación como esta no se puede tener la inconsciencia de introducir democracia directa ninguna. Antes habría que esperar a que hubiera una cantidad suficiente de ciudadanos capaces de reflexionar e interesarse por las cuestiones a votar. No es que yo piense que es una crítica desacertada, al contrario, lo que pasa es que Sartori, como la mayoría de personas que se muestran contrarias a la democracia directa, simplifica el término de una forma exagerada.
Los que defendemos una democracia directa realista y viable no queremos que todos los ciudadanos voten cosntantemente por todo, como los críticos suelen mantener. Lo único que deseamos es introducir dos sencillos mecanismos, como son la Iniciativa Legislativa Popular y el Referéndum Vinculante. I + R. Tampoco pedimos acabar con la democracia representativa, más al contrario, pretendemos enriquecerla, pues pensamos que por sí sola no es suficiente para atender todas las necesidades y problemática de una colectividad grande.
También creemos que la única forma de revertir este proceso de analfabetización al que estamos abocados por el predominio de la imagen, es “obligar” a la ciudadanía a reflexionar sobre las cuestiones, pues es precisamente en la discusión y en el contraste de ideas cuando surge la necesidad de utilizar las palabras. Es decir, las palabras habrán de abarcar un campo de realidad más amplio según nos veamos necesitados a sumergirnos en esa realidad. Pero bueno, este es un aspecto más polémico de la democracia directa, pues se adentra demasiado en ámbitos educativos e incluso morales. Lo importante de la democracia directa no es que nos haga a todos mejores personas o que nos convierta en cervantes andantes, sino que realmente ayudaría a descongestionar la democracia representativa desde un punto de vista puramente práctico...
feliz año nuevo!!!
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