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El día que nació una pasión (o dos)



Por César Vargas

Recuerdo el día en que comenzó mi pasión por el futbol y quizá por el periodismo.

Era una noche de jueves, me parece, el día en que atraído por el sonido de un aparato de radio, me acerqué al sitio en el que afuera de mi casa estaban reunidos mis hermanos y unos amigos de la cuadra, en San Nicolás de los Garza.

Escuchaban el partido de Ida de la Final entre Tigres y Pumas, en el Estadio Universitario, por el título de Liga de la temporada 77-78.

Tenía yo siete años y la escena permanece borrosa en mi memoria. No recuerdo exactamente quiénes eran los que estaban ahí, pero lo hacían al pie de un radio colocado sobre una pequeña barra de bloques pelones a un lado del medidor de gas.

Para entonces ya sabía de la existencia del futbol, pues había sido llevado a ver un partido de la Selección Mexicana en el Uni, dentro del Pre-Mundial rumbo a Argentina 78.

Pero a decir verdad no creo haber escuchado hasta entonces de los Tigres, o al menos poner atención sobre los felinos.

Así que esa noche experimenté lo que sería uno de los grandes descubrimientos de mi vida.

Guiado por la voz de un narrador que seguramente era Roberto Hernández Junior me emocioné con las acciones del partido y me gravé el nombre del anotador de los dos goles con los que el equipo se llevó una ventaja de 2-0 sobre los Pumas: Walter Daniel Mantegazza.

Motivado por ese partido y por saber que los Tigres estaban muy cerca de alzarse campeones de todo México, al día siguiente o al tercer día, tomé la sección deportiva del periódico para enterarme de los detalles de la hazaña que estaba por consumarse.

Y así, el fin de semana siguiente, me parece que el domingo, los felinos dirigidos por Carlos Miloc consumaron la coronación al empatar 1-1 e imponerse con marcador global de 3-1.

En mi memoria permanece, también como una película borrosa, la imagen de Tomás Boy quitándose rivales y cediendo el balón de nuevo a Mantegazza para que tocara a la salida del portero e hiciera el gol en el Estadio México 68.

Los Tigres ganaron el campeonato y se prepararon para una nueva temporada, lo que me alentó a buscar desde entonces cada mañana con ansias la sección deportiva en espera de noticias del equipo.


Fue apenas el inicio de dos pasiones que han determinado mi vida, el amor por el futbol y por el periodismo, porque desde entonces no he dejado de estar ni una sola temporada al pendiente de lo que pasa con ese balón que rueda dentro del pasto verde de una cancha en forma de rectángulo.


Y desde entonces permanece también el más antiguo de mis hábitos, la más antigua de mis costumbres, que es, después de levantarme y antes de hacer cualquier otra cosa, ir en busca de la sección deportiva, que alguna vez fue del Tribuna de Monterrey de Monterrey, en otra época del Diario, y en otras más de El Norte, según el gusto entonces de mis padres por tal o cual publicación.


Hasta la escuela Preparatoria siempre pensé que esas dos pasiones no eran más que un hobby, idea que cambié cuando supe que el periodismo era una carrera que podía estudiarse y ejercerse como una profesión. Entonces abandoné mi intención de estudiar Ingeniero Químico y decidí inscribirme en la Facultad de Ciencias de la Comunicación.


No sabía entonces que más tarde habría de conocer y entrevistar a muchos de aquellos jugadores que permitieron en mí nacer la pasión del futbol.


Tampoco sabía que muchos años después le habría de mandar una playera de Tigres a la esposa de Walter Daniel Mantegazza, tras de que el delantero falleció en Montevideo, y para que su familia conservara un recuerdo del equipo en donde se convirtió en ídolo y dejó grabado su nombre para la posteridad.


Creo que la historia de los Tigres, y del futbol regio en general, es la historia simultánea de muchas personas a lo largo de más de más de tres décadas en que el balón felino ha rodado por los campos de la Primera División mexicana.



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